Peñíscola, recuerdos para vivir

 
 

 

 

 

2.-Peñiscola: recuerdos para vivir

por Alain Kelepikis

Ante el devorador pánico escénico que me roe entrañas y materia gris, ante la carga emocional que conlleva, para mí, el nombre de Peñíscola, esta muy noble y leal ciudad rodeada por el mar que tanto quiero, no me quedan muchos mas recursos, amigos, que enunciar dos vulgaridades. A sabiendas que pocas veces he amado y odiado tanto a un pueblo, a lo largo de enloquecidos años de frenética especulación inmobiliaria.

La primera vulgaridad, de cierta entidad, consiste en afirmar que sin haber yo visto -siquiera digo conocido- Peñiscola, yo no existiría. Por lo menos tal como me conocen mis actuales amantes y amigos.

Ocurrió en épocas remotas, en el año 1964, y al vislumbrar, al amanecer y desde el autocar que procedía de la estación de Benicarló, aquella masa rocosa muy recortada en un cielo apenas azul, sentí la emoción de la pasión. Al acercarse el vehículo ya se veía con claridad que era un pueblo color añil. Era el mes de julio y ya se distinguían perfectamente –eran las cinco y media de la madrugada- los cansados jadeos de las barcas de pesca que se hacían a la mar.

La segunda vulgaridad, expresada así, en este contexto, es que no viviría, desde hace mas de treinta años en España, si no hubiera amado a no pocos peñiscolanos autóctonos y de adopción.

Una tercera reflexión, mucho más histórica, me lleva a preguntarme que habré hecho yo, en una vida anterior, a los papas cismáticos de Aviñón, para que me persiguieran con tamaño ahínco. Las armas papales condecoran la Puerta del Cid de Peñiscola ya que Benedicto XIII, residente en el pueblo, se tuvo que marchar precipitadamente de vuelta a Aviñón. Ciudad esta en cuyas inmediaciones –Saint Remy de Provence- viví algunos años.

Sentado esto, los recuerdos –muchos de ellos faustos y hasta fastuosos- se van a adueñar con la máxima discreción posible de esta columna. Ya que, esta vez, no trataremos de nostalgias sino de pensamientos bien nítidos que conviven conmigo desde hace muchos años.

Hay una parte de surrealismo en todo ello, a la par que una cierta borrosidad debida al vino que servia Manolo en su taberna de la calle Mayor, en cuya pared color verde claro rezaba un cartel definitorio: ¡Ay sangría! Haberla, la había y buena pero nadie se lamentaba por ello...

Una frase poco inteligible que cantaba tío Chucha en medio de su amplio repertorio de jotas vierdes sigue intrigándome y así rezaba: ¿Dónde va la culona con tanto culo?

¡Pues al mercado a vender el culo!

Tengo que recordar también la cara de póquer de Nellina, mi suegra de entonces, italiana poco habituada a semejantes confidencia, mientras tío Caldera, un combatiente anarquista de El Campesino, le contaba que, en época de guerra, era mucho mejor follarse una gallina que una vaca –póngase por caso,- ¡porque quemaba mucho!

En Peñiscola conocí a Keith Patterson, un neozelandés –un maori blanco, decía- que pintaba, como muy pocas veces he visto, la esencia del alma mediterránea, a su mujer Cristina, quien, con sus incesantes charlas sobre todas las cuitas del pueblo, me enseña periodismo de observación (y hasta de investigación) con mucha mayor profundidad que en mis charlas con los políticos de la transición.

En Peñiscola conocí a Daniel Heyman, pianista judío cuyas dos pasiones eran y siguen siendo –no importa el orden- las mujeres y Bach.

En Peñiscola conocí a Perellon, pintor de formas femeninas, muy conocido en cierta época en el Café Gijón, de Madrid, por sus incontinencias verbales y urinarias.

Por Peñiscola pasaron luego mis amigos: en particular Ametxa (el otra vez), quien, en un arrebato poco explicable decidió entonces agujerearse la oreja para ostentar un aro que jamás llego a llevar.

Presente Peñiscola a todas mis amadas, con la siempre vana esperanza de que ello les ayudaría a perdonarme un poco más.

Pero este pueblo de mi adolescencia ya no existe. Así que no les entretendré más.

Salvo, quizás, para volver a insistir sobre el hecho de que el único restaurante de corazón grande y con los mejores arroces a la redonda es el de mi amigo Jaime Sanz, su esposa Pilar y sus vastagos. (Casa Jaime. Av del Papa Luna, 5. Tel:964 480 030).

Sin embargo, desde la populosa (en verano) ciudad se llega en breve tiempo a lugares o paisajes muy singulares.

Els Ports de Beceite –un macizo montañoso que separa, desde alturas poco creíbles desde el mar, las provincias de Castellón, Teruel y Tarragona. Es menester hacerse con los servicios de un 4X4 para pasar por sus caminos. Pero, si se llega hasta el pantano de La Senia, hay un camino forestal que lo atraviesa y, al cabo de cierto tiempo de magnificencia natural (hay cabras hispánicas pero, claro, no se les ve jamás) desemboca sobre un a vega asombrosa: Tortosa, Amposta y el Delta del Ebro.

El propio Delta, con sus especialidades de arroces con anguilas (y los mismos animales secados) es sin duda un paseo obligatorio, hasta Buda.

Para volver a la muchedumbre de Peñiscola habrá que pasar por San Carles de la Rapita. Cabe pararse para cenar, entonces en Fernandel (c/ Sant Isidro. Tel: 977 740 358). Para Fernando Boria, los pescados del Delta son solo el medio, no el fin.

 
 
 

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