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Sábado
5 de mayo 2001
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Todos quieren conocer Peñíscola

Paseo marítimo de Peñíscola, con el castillo, las murallas y el
centro histórico de esta población castellonense al fondo. |
Nuevos proyectos en uno de los castillos más
visitados.
— GUÍA PRÁCTICA —
Texto: Carlos
Pascual
El fuerte donde se refugió el rebelde papa Luna en el siglo XV
figura como uno de los recintos monumentales que más atraen a los
turistas. En verano, 100.000 personas acuden a las playas de la
población castellonense.
Es un baluarte romo, vacío, con cuatro escaños de guardarropía.
Pero eso sí, encostrado en una lengua rocosa, fortificada como cofre
precioso, dentro de cuyos muros transpira un pueblo marinero.
Mediterráneo, casi arquetípico; los 4.000 vecinos que en invierno se
saludan por su nombre tienen que hacer sitio, en época de estiaje, a
más de 100.000 inquilinos de paso. De todos modos, aquello no es Ibiza,
o la locura marbellí, en absoluto: el perfume de los naranjos se
asocia a un aroma familiar, propio de las gentes de orden que han
escogido ese reposadero, para las cuales vivir peligrosamente es
jugarse una ración de gambas en una partida de padel. Peñíscola no es
Babilonia. Aunque lo fue.
Hace de eso muchos lustros. Se conoce como el destierro de
Babilonia de la Iglesia: el Cisma de Occidente. Los papas habían
desertado de Roma, instalándose en Aviñón desde 1305. Llegó a haber
dos papas y dos líneas sucesorias. De un lado es elegido el aragonés
Benedicto XIII, o sea, Pedro de Luna. Los cardenales de ambos bandos
eligen a un tercero en discordia; pero los dos papas litigantes no
renuncian. Un nuevo concilio elige a Martín V, al que deciden apoyar
todos en 1417. Pero el papa Luna, tozudo como buen maño, no transige.
Huye y se enroca en el castillo de Peñíscola, levantado por los
templarios un siglo antes. Allí resistirá hasta los 96 años. Y antes
de morir nombra sucesor a Clemente VIII, el segundo papa de Peñíscola.
El papa Luna es un fetiche sin rostro que lo mismo da nombre a un
hotel, a una avenida o a una firma de mantecados. Su castillo es el
disco duro de Peñíscola. Arropado por murallas y bastiones de perfil
vaubanesco –antes trabajó en ellos Juan Bautista Antonelli, arquitecto
de Felipe II– que han perdido su apresto guerrero y sirven de parapeto
a los hombres que viven de la mar. El mar: fue el encubridor del
antipapa y sigue siendo la esencia de esta ciudad marinera. Es cierto
que cada vez quedan menos pescadores, apenas medio centenar de barcos
salen a faenar. Y los jóvenes prefieren ejercer de capitán de
golondrina, paseando a los turistas por acantilados y bufadors.
Festival de cine
Un prometedor Berlanga rodó en Peñíscola Calabuch en 1956,
y, algo más tarde, Anthony Man escogió la silueta del tómbolo y del
castillo para rodar El Cid (con Charlton Heston blandiendo la
espada como quien maneja un rifle), y los paisanos decidieron que
tenían fundados motivos para poner en pie un Festival de Cine de
Comedia, que este año celebrará su 13ª edición. La severa capilla del
papa Luna sirve, de momento, como sala de proyecciones. No es el único
festival: el de Música Antigua y Barroca lleva sonando cuatro veranos.
A ése le sucede otro ciclo clásico algo más gaseoso y repartido, en
septiembre; la ciudad posee orquesta propia. También se desarrolla en
verano el Festival de Teatro Clásico Castillo de Peñíscola. No es que
haya que entrar en Peñíscola con corbata. En las callejas que cuelgan
a racimos desde el castillo, una de cada dos o tres puertas
corresponde a un tugurio, la música y las copas corren hasta altas
horas de la noche.
Pero Peñíscola no duerme en sus laureles. Muy al contrario, hierve
en proyectos. Algunos, recién acabados, como la ejemplar remodelación
del puerto, la recuperación de la playa de Mitjorn (con unas preciosas
y discutidas farolas de diseño) y convirtiendo en parque el Ullal del
Estany (la llegada al litoral de las escorrentías de la sierra).
Otros proyectos van a buen ritmo: el más ambicioso consiste en
prolongar la playa norte hasta Benicarló, convirtiendo en peatonal un
paseo marítimo de ocho kilómetros; un macroproyecto de más de 5.000
millones de pesetas. En el casco viejo, junto al reciente Museu de la
Mar, la Casa del Agua y un Museo Histórico formarán un paquete
cultural a visitar con billete conjunto. Incluyendo tal vez al propio
castillo, al que se quiere dar otro aire, y dotar de contenido. Para
ello habrá que librarle del festival de cine, que se pasaría a un
nuevo Palacio de Congresos. |
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